Este 5 de marzo, el país recuerda con nostalgia el aniversario número 38 de la muerte de Alberto «El Negro» Olmedo, el hombre que transformó el humor nacional y se convirtió en el capocómico más querido de la historia argentina. Su partida, ocurrida en la madrugada de 1988 tras caer del balcón de un edificio en Mar del Plata, dejó un vacío que ninguna otra figura ha logrado llenar con la misma complicidad y picardía.
Nacido en el humilde barrio Pichincha de Rosario, Olmedo no tuvo una infancia fácil. Trabajó como repartidor y verdulero antes de mudarse a Buenos Aires a los 21 años. Allí, lo que comenzó como un trabajo de técnico detrás de las cámaras de Canal 7, terminó en un estrellato meteórico cuando su talento para la improvisación fue descubierto por los directivos del medio.
A lo largo de tres décadas, Olmedo creó un universo de personajes que hoy son parte del ADN cultural argentino. Desde el tierno Capitán Piluso, que acompañó las tardes de millones de niños, hasta el irreverente Manosanta o el inolvidable dúo de Álvarez y Borges junto a Javier Portales. Su estilo era único: rompía la «cuarta pared» hablándole a los técnicos, se tentaba de risa en medio de los sketches y convertía cualquier error en el momento más brillante del show.
Su paso por el cine y el teatro de revista, casi siempre junto a su «socio» Jorge Porcel y figuras como Susana Giménez y Moria Casán, marcó una época dorada de récords de taquilla. Entre 1973 y 1987, protagonizó 31 películas, convirtiéndose en una garantía de éxito para la industria nacional.
La tragedia lo encontró en la cima de su carrera, a los 54 años, mientras protagonizaba en Mar del Plata la obra «Éramos tan pobres». Aquel 5 de marzo de 1988, la noticia de su muerte en el edificio Maral 39 conmocionó a un país entero que pasó de la carcajada al llanto en cuestión de minutos.
Hoy, a casi cuatro décadas de su partida, el legado de Olmedo sigue vigente. No solo en las repeticiones de sus programas o en su estatua sobre la calle Corrientes, sino en cada argentino que, ante una situación absurda o un error inesperado, esboza una sonrisa cómplice recordando al rosarino que enseñó que el humor, sobre todas las cosas, es un acto de libertad y alegría.
