La ratificación de Martín Menem como presidente de la Cámara de Diputados se llevó a cabo en una sesión preparatoria marcada por intensos cruces entre los bloques, una clara señal de la fragilidad institucional y el desorden que el gobierno de Javier Milei intenta ocultar. Pese a la presencia del presidente en la jura de los nuevos legisladores, el Congreso se consolida como un campo de batalla donde el oficialismo carece de mayorías sólidas.
En su discurso, Menem recurrió a una retórica vacía sobre una supuesta «etapa institucional más madura» y «resultados concretos», un relato que choca violentamente con la realidad. La gestión anterior de LLA estuvo definida por el uso de decretos de necesidad y urgencia y por la constante prescindencia de las cámaras legislativas, demostrando que el gobierno prefiere su «sectario club de amigos» a la vía parlamentaria.
El titular de la Cámara agregó la intención de construir una «Argentina próspera» donde los hijos «ya no emigran,» un mensaje que ignora el deterioro catastrófico del ingreso real y el aumento exponencial del costo de vida documentado en el país.
El reclamo final de Menem para que el Parlamento retome el «sendero positivo del trabajo mancomunado» suena a ironía, ya que sus objetivos legislativos, impulsados por el Ejecutivo, no reflejaron el respaldo de la ciudadanía en las elecciones de octubre, sino la imposición de una agenda de ajuste. La ratificación de Menem, más que un acto de consenso, es una declaración de continuidad del conflicto entre un Poder Ejecutivo que desprecia al Congreso y una oposición que se prepara para resistir el ajuste.
