El testimonio de Gisèle Pelicot ha sacudido los cimientos de la sociedad francesa y la opinión pública internacional. Tras una década de violencia sistemática oculta bajo la apariencia de un matrimonio estable, la mujer decidió romper el silencio para exponer la magnitud de los abusos coordinados por su propio marido, Dominique Pelicot, en un caso que redefine el horror de la violencia intradomiciliaria.
La investigación judicial reveló que, desde 2011 hasta 2020, el hombre suministraba potentes sedantes a su esposa para dejarla inconsciente y facilitaba el ingreso de decenas de desconocidos a su dormitorio para agredirla sexualmente mientras él registraba los hechos en video.
El descubrimiento de una realidad aterradora
La trama salió a la luz de manera fortuita en 2020, cuando Dominique Pelicot fue detenido por filmar debajo de las faldas de mujeres en un centro comercial. Al peritar sus dispositivos electrónicos, la policía descubrió miles de archivos que documentaban los abusos sistemáticos contra Gisèle.
- La manipulación médica: Durante años, Gisèle acudió a consultas por desmayos, fatiga crónica y lagunas mentales. Irónicamente, era su esposo quien la acompañaba a los médicos, ocultando que él mismo era el causante de esos síntomas mediante el uso de fármacos.
- Confianza ciega: La víctima confesó que jamás sospechó de su marido, a quien consideraba un compañero «atento y afectuoso». Esta confianza fue el pilar que permitió que el círculo de abusos se mantuviera invicto durante casi diez años.
- Impacto psicológico: Al enfrentar las pruebas, Gisèle describió una sensación de desconexión absoluta. Los especialistas sugieren que la amnesia inducida por las drogas pudo haber sido, paradójicamente, un mecanismo que preservó su salud mental ante una realidad que resultaba imposible de procesar.
El proceso judicial y el mensaje de Gisèle
En las audiencias llevadas adelante en Aviñón, la víctima tomó la histórica decisión de que el juicio no fuera a puertas cerradas. Su objetivo fue claro: que la vergüenza cambiara de bando y que el mundo viera los rostros de los agresores.
El proceso ha sido una carga emocional devastadora, ya que Gisèle debió enfrentarse cara a cara con muchos de los acusados —hombres de diversas edades y estratos sociales—, varios de los cuales intentaron minimizar su responsabilidad alegando que «creían que ella estaba de acuerdo» o que se trataba de un juego de pareja.
Repercusión en el entorno familiar
El caso no solo destruyó la vida de Gisèle, sino que fracturó por completo a su entorno familiar. Sus hijos y nietos han tenido que procesar que el hombre que consideraban el pilar de la familia era, en realidad, el arquitecto de una red de abusos sin precedentes. Hoy, Gisèle Pelicot se ha convertido en un símbolo de lucha y resiliencia, transformando su dolor en una bandera contra la sumisión química y la violencia sexual.
