I Jueves de Adviento: Mateo 7, 21. 24-27

I Jueves de Adviento: Mateo 7, 21. 24-27

Jesús dijo a sus discípulos:

«No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande.»

Palabra del Señor

Comentario

Los días pasan, los años pasan, los fines de años pasan. La Navidad se acerca y también pasará. Muchas veces parece que todo sigue igual. Siempre en diciembre por lo menos por estos lados, en el hemisferio sur que ya se termina el año, decimos: «¡Uy, ¡cómo se pasó este año! Un año más. ¡Qué difícil es parar un poco e intentar ser «un poco más dueños del tiempo»! En realidad, dueños de nosotros mismos, porque el tiempo pasa; es lo único que no podemos frenar. Todos andamos corriendo, a veces con despedidas, con comidas, con los egresados, con las compras. Este es un año especial, pero de algún modo siempre andamos así. No sé bien porqué, pero parece que a fines de diciembre todo se termina, parece que se viene el fin del mundo y tenemos que hacer todo junto. Así vivimos a veces. Es extraño, pero todos somos un poco esclavos de esta manera de vivir. No echo la culpa a nadie, en realidad nadie tiene que echarle la culpa a nadie. Porque, en definitiva, con más o menos condicionamientos, somos nosotros los que elegimos el modo de vivir en general. Somos nosotros los que tomamos nuestras propias decisiones. Vuelvo a decir: a veces en algunas cuestiones casi que no nos queda otra; pero en general el rumbo de la vida lo vamos eligiendo nosotros mismos, y eso es tan lindo como riesgoso, como responsable. Hay que tomarse las cosas en serio.

Soy de los que piensan, y cada día me convenzo más, de que son más la veces que Dios Padre nos ayuda a «cumplir su voluntad» que las veces que la cumplimos por iniciativa propia o por amor puro. En nosotros debe estar siempre obviamente la disposición, la decisión, pero la ayuda viene de lo alto. «Es Dios el que produce en ustedes el querer y el poder», dice san Pablo. «La esperanza la recibimos como don, viene de Dios», decíamos estos días. Porque la esperanza es Jesús y él es el enviado del Padre. ¿Para qué? Para confiar en él y para poder amarlo como él desea que lo amemos. Ser cristiano, antes que hacer cosas buenas, es aceptar que él es bueno, y que solo él es bueno y que él es el que «hace» la mayoría de las cosas. Y somos nosotros los que humildemente nos plegamos de alguna manera, «captamos» esa «sintonía» de amor que da vueltas por nuestro corazón, y continuamente. Cuando queremos construir nuestra vida de fe como en una especie de «voluntarismo» narcisista, de perfeccionismo, es cuando perdemos la esperanza. En realidad, construimos nuestra propia esperanza, y esta se puede derrumbar en cualquier momento de la vida, con cualquier tormenta, porque nos desilusionamos cuando las cosas no salen como pensábamos. Dejemos que en este Adviento Dios nos muestre su voluntad, su camino, nuestra esperanza.

Algo del Evangelio de hoy es muy gráfico, muy sencillo y nos ayuda a comprender esto. El que construye su vida sobre la «arena» de sus decisiones, de sus proyectos, de sus ambiciones personales, de la «mirada» de los demás, de la cultura del tiempo, sobre su «mirada» de la vida, tarde o temprano termina siendo esclavo de sí mismo. Tarde o temprano termina experimentando la fragilidad de todo lo de este mundo, de todo lo que construyó, porque nuestras esperanzas pasajeras son arena. No son malas, pero son arena en comparación con la esperanza de Jesús. Jesús es roca, es cimiento, es vida. Sus palabras son vida. Son la única esperanza real de este mundo, que muchas veces no sabe para dónde va. Es triste, pero el hilo de las decisiones más importantes que definen el destino de nuestras naciones, de nuestras ciudades, están en manos de personas que pueden ser muy buenas –aunque es difícil encontrarlas–, pero no están ancladas en la Palabra de Dios. Vos pensarás que estoy un poco loco, pero es real. ¿Qué gobernante de este mundo se plantea que sus decisiones tienen que estar construidas sobre la Palabra de Dios? Creo que nadie, o muy pocos. No gana ninguna elección el gobernante que en su plan de gobierno decide poner a Dios y su voluntad en primer lugar. Es muy sencillo, lo votarían muy pocos.

Más allá de las políticas económicas y sociales que se pueden adoptar, cuando la roca en donde se asienta todo no es la verdad, no es la verdadera esperanza, algún día todo se derrumba ante la primera crisis, ante el primer problema, ante los conflictos. La historia de la humanidad es testigo de esto. No hay que ser muy avispado para poder verlo. Todo se viene abajo, tarde o temprano, si no está construido sobre la roca.

En cambio, cuando día a día nos planteamos y nos preguntamos: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? ¿Qué haría la Virgen en mi lugar?, todo va tomando otro color. Nuestra casa-corazón no es tan frágil como parece, no es tan movediza. Es más firme, más duradera, porque ni la muerte puede tirarla abajo. Así lo decía maravillosamente san Pablo: «¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? (…) Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor».

No importa lo que hacemos únicamente, sino es tan importa cómo lo hacemos, con qué intención y buscando qué. Si tenemos la certeza de que Jesús es nuestra «roca», nuestro todo, nuestro cimiento, nuestra esperanza; aquel a quien esperamos algún día abrazar mientras intentamos vivir sus palabras, mientras deseamos amar como él nos ama, ¿qué importa tanto todo lo demás? ¿Qué importa tanto que las cosas de acá no salgan como esperamos?

Fuente: Algo del Evangelio

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