A un cuarto de siglo de los atentados del 11 de septiembre de 2001, un análisis sobre las transformaciones geopolíticas globales evidencia cómo la respuesta de Estados Unidos al terrorismo alteró la dinámica del poder internacional. Tras la caída de la Unión Soviética, la administración de Washington ejercía una hegemonía incontestada que viró, a partir del ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono, hacia una estrategia focalizada en la seguridad nacional, las intervenciones militares en Medio Oriente y la reestructuración de sus capacidades de inteligencia.
Las prolongadas campañas militares en Afganistán e Irak no solo redefinieron la doctrina de defensa estadounidense y su política interna, sino que provocaron un reordenamiento estratégico en distintas regiones. Mientras Washington concentraba sus recursos en la lucha antiterrorista, potencias como China y Rusia ampliaron su influencia económica y militar. En América Latina, la menor prioridad estratégica otorgada por la potencia norteamericana propició el surgimiento de mecanismos de integración regional y la consolidación del gigante asiático como un socio comercial e inversor clave en Sudamérica.
