La interna entre el presidente Javier Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel sumó un nuevo capítulo de máxima tensión tras la ausencia de la titular del Senado en la misa oficial en la Basílica de Luján, celebrada por el primer aniversario del fallecimiento del Papa Francisco. A pesar de haber confirmado su asistencia, Villarruel decidió no concurrir y optó por participar en una ceremonia privada en el barrio de Almagro.
Desde la Casa Rosada no ocultaron su malestar y tildaron la actitud de la vicepresidenta como un «papelón» que profundiza la fractura institucional dentro del oficialismo.
El desplante y la justificación de Villarruel
Mientras ministros y referentes del gabinete compartían la ceremonia en Luján con figuras de la oposición, Villarruel lanzó duras críticas para justificar su inasistencia:
- Rechazo a «la casta»: La vicepresidenta aseguró que no se junta con «lo peor de la política», en clara alusión tanto a los dirigentes opositores presentes como a sus propios compañeros de gestión que compartieron el evento con ellos.
- Búsqueda de identidad propia: Villarruel sostuvo que prefiere estar «con la gente» y mantener coherencia con sus creencias personales antes que participar en actos protocolares con sectores que cuestiona.
La reacción del núcleo duro de Milei
El entorno presidencial interpretó el gesto como un intento deliberado de diferenciación política y mediática. Los puntos de conflicto que resurgieron tras este episodio incluyen:
- El antecedente del Pacto de Mayo: En el Gobierno recordaron con desconfianza el faltazo de la vicepresidenta a la firma del pacto en Tucumán, donde alegó un cuadro febril que el propio Milei puso en duda públicamente.
- Cuestionamientos presidenciales: Milei ha manifestado recientemente que su compañera de fórmula «se empezó a juntar con gente verdaderamente complicada», distanciándose de la línea oficial del partido.
- El factor Isabel Perón: El reciente homenaje de Villarruel a la expresidenta en el Senado terminó de romper los puentes de confianza con el mandatario, quien ironizó sobre la selectividad de las ausencias de su vicepresidenta.
Una gestión dividida
La situación actual muestra un quiebre que parece no tener retorno. Mientras la Casa Rosada intenta proyectar una imagen de gobernabilidad y acuerdos, los movimientos autónomos de Villarruel son vistos como un desafío a la autoridad del Presidente. Esta grieta interna deja al Gobierno dividido en dos bloques que se acusan mutuamente de pactar con «la casta», debilitando la cohesión del oficialismo en un momento clave de la gestión.
