A casi tres semanas del trágico doble terremoto que sacudió el territorio venezolano el pasado 24 de junio, los equipos de asistencia y los organismos de derechos de la infancia encendieron las alarmas ante una alarmante problemática humanitaria: la extrema vulnerabilidad que atraviesan los cientos de niños que quedaron huérfanos tras la pérdida de sus padres y referentes familiares en el desastre. La desarticulación de sus núcleos de contención básica sitúa a los menores de edad en el foco de mayor exposición ante los impactos emocionales generados por la catástrofe sociosanitaria.
Los equipos interdisciplinarios que se desempeñan en las áreas más damnificadas advierten sobre la proliferación de cuadros de ansiedad generalizada, temores nocturnos recurrentes y serios trastornos del sueño entre los sobrevivientes más jóvenes. La necesidad de instrumentar redes formales de apoyo psicológico infanto-juvenil se convirtió en la prioridad más apremiante para las organizaciones no gubernamentales que operan en el terreno. La meta central de estas intervenciones es establecer espacios de contención emocional seguros para que los niños puedan procesar el duelo y recuperar rutinas recreativas en medio del complejo escenario de reconstrucción.
En los refugios y campamentos de asistencia temporal, localizados en puntos estratégicos de Caracas y el estado de La Guaira, confluyen realidades familiares devastadoras. Entre los casos reportados por los voluntarios del operativo humanitario se destaca la historia de Génesis, una madre alojada junto a sus tres hijos de 5, 6 y 7 años que debió afrontar la pérdida física de la abuela y de una de las tías de los pequeños durante los derrumbes. Asimismo, el desastre dejó al descubierto historias de supervivencia que conmovieron a la opinión pública, como el rescate de Fabiana, una niña de 12 años que permaneció atrapada 32 horas bajo la estructura colapsada de su edificio en La Guaira hasta ser localizada con vida por las brigadas de emergencia.
Los últimos reportes oficiales dan cuenta del enorme impacto que generó el sismo, afectando la vida de más de 100 mil familias y obligando al traslado de miles de personas a campamentos provisorios tras la destrucción de unas 18 mil viviendas. En este contexto, las agencias de cooperación internacional insisten en que la reconstrucción del tejido social venezolano no solo requerirá el levantamiento de infraestructura urbana y habitacional, sino también la consolidación de programas permanentes de salud mental destinados a la niñez para mitigar las marcas invisibles de la peor catástrofe natural reciente del país.
